INSTITUTO DOMINICANO DE GENEALOGÍA, INC.

Cápsulas Genealógicas

 

SUPLEMENTO CULTURAL DEL DIARIO Hoy

SÁBADO, 28 DE JUNIO DE 2025

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PASTOR DE OVEJAS Y BIENES: EL ARZOBISPO AGUSTÍN DÁVILA PADILLA

Preparado por Joan Manuel Ferrer Rodriguez

 

 

De acuerdo con la Información de la limpieza de linaje y genealogía de P. M. fray Agustín Dávila Padilla, dominico, calificador del Santo Oficio y visitador de libros, (AGNMX. Inquisición, vol. 194, exp. 8), instrumentada en México en 1591, el primer individuo conocido de la familia de nuestro protagonista fue Antón Sánchez, sacristán de la parroquia de Martín Muñoz de las Posadas, Segovia, quien, en unión con una joven nombrada Catalina de Ávila, engendró a Pedro de Ávila.

Trasladado a la Nueva España, este Pedro de Ávila afincó en la capital virreinal y casó allí con la sanluqueña Isabel López Padilla, hija del matrimonio conformado por Antón Padilla, oriundo de la Puebla de Toledo, y Elvira Alonso, natural de Marchena. Pedro e Isabel fueron padres, a su vez, de Antón, bautizado el 8 de diciembre de 1559, vicario en Tepoztlán y provincial de la provincia de Santa Cruz en la isla Española; Pedro, mayordomo de sisas del cabildo de la ciudad de México, y Agustín, de quien se hablará.

Manuscrito de Dávila y Padilla

Agustín Dávila Padilla, historiador, etnógrafo y teólogo, recibió el bautismo en México, el 5 de septiembre de 1562, de mano del cura Antonio de Ribas, teniendo por padrinos a Andrés de Loya y al mercader Gonzalo Rodríguez (Sagrario de la Catedral Metropolitana. Bautismos, L. 2, fol. 165 r). Bachiller en artes, tomó el hábito blanquinegro de la orden de predicadores en 1579, sirviendo como prior y catedrático en el convento de Puebla de los Ángeles. Fue, además, definidor durante el capítulo provincial celebrado en Oaxaca, calificador del Santo Oficio (encargado de la censura de los libros que ingresaban a la Nueva España), definidor del capítulo general ocurrido en Roma y procurador de los dominicos ante la corte de Madrid.

En tal virtud, se encontraba en Valladolid en 1598, donde pronunció su célebre Elogio fúnebre a Felipe II, opúsculo de gran valor, impreso en varias oportunidades, que le valió el nombramiento de cronista de Indias. Su opera prima, sin embargo, fue la Historia de la fundación de la provincia de Santiago de Méjico, de la orden de Predicadores, cuya edición príncipe, publicada por Pedro Madrigal, vio la luz en Madrid en 1596.

Obra sobre la orden de los predicadores en México, escrita por Dávila y Padilla e impresa en Bruselas.

Designado quinto arzobispo residencial de Santo Domingo al despuntar el siglo diecisiete (1600), obtuvo las bulas de Clemente VIII en enero, el palio en marzo y la licencia para pasar a ejercer su ministerio, junto a veinte criados, en junio (AGI. Contratación 5261, N. 1, R. 10). Por alguna razón que desconocemos, perdió, durante la travesía, tanto sus caudales personales como los objetos de culto divino que traía para la iglesia, razón por la cual pidió a la corona, en 1603, una ayuda de costa. Fijó residencia en una de las modestas celdas del convento local de Santo Domingo y fundó el primer seminario conciliar, con rentas que habían sido del antiguo Colegio Gorjón. En opinión de Lugo, vino también por juez visitador de la real audiencia, de cuyas gestiones se conserva un expediente levantado en 1602 contra el oidor Pedro Sanz Morquecho.

Mandó realizar, además, una visita de la diócesis, a cargo del deán Añasco, a raíz de la cual se confiscaron y quemaron alrededor de 300 “biblias en romance glosadas conforme a la secta de Lutero y de otros herejes, que las traían los extranjeros que venían a rescatar sin licencia de su majestad” (Alcocer, Luis Jerónimo. Relación sumaria del estado presente de la isla Española, 1650). En el plano político, se opuso de manera vehemente a la propuesta de despoblar las bandas norte y oeste de la isla, que promovían (y a la postre efectuaron) Baltasar López de Castro y el gobernador Antonio Osorio sugiriendo, en cambio, que se implementasen remedios más suaves y que los puertos afectados se abriesen al libre comercio. El conflicto llegó a tal punto que, en carta al monarca, del 25 de octubre de 1603, Dávila aseguraba haber excomulgado al presidente.

Iglesia y convento de los dominicos. Foto: Luis Mañón. Fuente: AGN. 

Por desgracia, poco pudo hacer contra el desaguisado, pues exhaló su último suspiro el 26 de julio de 1604, día de Santa Ana, tras lo cual recibió sepultura en la bóveda de los arzobispos, en medio del coro de la catedral dominicopolitana. Su partida produjo gran pesar entre el vecindario, que quedó huérfano y a merced de Osorio quien, en poco tiempo, empezó a quemar y arrasar villas con una furia equiparable a la del beeldenstorm iconoclasta de la Reforma.

Como colofón de esta breve historia, fray Hernando de Ojeda, cronista dominico, relata en el capítulo 27 del Libro tercero de la historia religiosa de la Provincia de México de la Orden de Santo Domingo, en son de leyenda, que al cabo de varios días de haber muerto el bienamado arzobispo “se apareció de noche… vestido de pontifical con unos zapatos rotos y cercado de llamas de fuego hasta media pierna… a un gran siervo de Dios” chantre del cabildo catedralicio, cargo que por entonces desempeñaba Francisco Serrano Baraez, “que vivía en ella y estaba velando y hacía sufragios por los muertos…al cual dijo que estaba en estado de salvación aunque con necesidad de socorro y rogole dijese algunas misas y que saldría presto del purgatorio; hízolo así el buen clérigo y a los pocos días el Arzobispo se le apareció otra vez con el mismo vestido muy alegre y gozoso agradeciéndole la ayuda que le había dado y díjole se iba a gozar de Dios en la gloria”.     

 

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