“Narraciones
dominicanas”
es una obra de Manuel de Jesús Troncoso de la Concha con la que
la Librería Dominicana, de Julio Postigo, inició su colección
“Pensamiento Dominicano” en 1971. En ese entonces se editaba
por sexta vez, y más recientemente, en 2008, fue reeditada por
la Sociedad Dominicana de Bibliófilos con el auspicio del Banco
de Reservas.
En la nota introductoria de esta nueva edición, José Enrique García la
califica como un “referente de la narrativa dominicana”,
cuya característica general es “la recuperación de episodios
comunes a la comunidad que anduvieron juntos a los históricos”.
Uno de esos episodios es el titulado “Un ahijado del Santísimo”,
en el que se cuenta la anécdota de la escogencia del Santísimo
Sacramento como padrino de bautismo del general Segundo Imbert
Delmonte, hijo del también general José María Imbert, héroe de
la batalla de Santiago del 30 de marzo de 1844.
Segundo Imbert nació en Moca el 12 de mayo de 1837, año en que era
comandante militar de esa ciudad el jefe de escuadrón haitiano
Medard Mathieu; José María Imbert ocupaba el cargo de
corregidor. “Entre Imbert y Mathieu” – dice Troncoso –
“existían, además de las relaciones oficiales que eran de rigor
entre quienes ejercían la autoridad militar y la civil, las de
amistad que se podían concebir en aquella época entre un francés
y un haitiano, con más la circunstancia de hallarse casado el
francés con una dominicana de pura cepa que en su primer ruego
de cada día pedía al Altísimo librar al país de la dominación de
Haití”. Y continúa: “No podía pasar inadvertido para el
comandante militar haitiano el fausto suceso que se había
operado en el hogar del corregidor, ni quería tampoco que éste y
su consorte viesen sólo en la visita que debía hacerles el
ajustamiento suyo a una regla de etiqueta, sino la expresión
cabal de un sentimiento de su corazón que lo movía a compartir
con ellos el justo regocijo que experimentaban”….
Mathieu se ofreció a Imbert como padrino de su nuevo hijo –no era el
primogénito como dice Troncoso– , planteamiento del que Imbert
logró escabullirse al significar que, junto a su esposa, había
resuelto que el Santísimo Sacramento fuese su padrino,
aceptándolo Mathieu de buena gana. El autor referido asegura que
“su padrino fue el Santísimo Sacramento, porque así se le
dijo al párroco y éste, sin duda, en el secreto de la
providencial inspiración de don José, lo aceptó”.
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